Astillero

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La definición de un dirigente formal de Morena (Mario Delgado Carrillo, en el caso) mediante siempre discutibles y naturalmente reducidas encuestas de opinión no resuelve los problemas de fondo de ese partido.

El método demoscópico como último recurso, y la evidente carga faccionaria de los dos finalistas en la lucha por la presidencia de Morena, reducen fuerza y eficacia a este partido, con la consecuente revigorización de su real mando, asentado en Palacio Nacional, donde ahora se podrán hacer jugadas electorales que involucren a los nuevos partidos con registro (Encuentro Solidario, Redes Sociales Progresistas y Fuerza Social por México), suficientemente allegados a Andrés Manuel López Obrador como para crear con Morena una especie de laboratorio de ambiente controlado para distribuir las cartas electorales entre el membrete formalmente en el poder, los tres recién llegados (aunque, en realidad, Encuentro Solidario es el mismo Encuentro Social de antaño) y el siempre acomodaticio Verde Ecologista de México (obradorista, en esta temporada teatral), tal vez ya sin el Partido del Trabajo, que ha ido pintando su raya de ciertos actos de la llamada 4T, con el diputado Gerardo Fernández Noroña como principal figura.

Marcelo Ebrard Casaubon aparece en primera lectura como el principal ganador de esta pelea de futurismo desbordado. Suele resultar difícil en el ambiente político mexicano sostener una delantera tan explícita durante tanto tiempo (faltan un poco más de tres años para que se defina al siguiente candidato presidencial del obradorismo).

La primera pregunta que el marcelismo debería hacerse es si el muy controlador político tabasqueño tomará con buen ánimo que un colaborador adquiera y muestre tanto poder. La segunda pregunta podría nutrirse de algunos de los señalamientos que ya se han hecho a Delgado: primer presidente neoliberal de Morena, le endilgó el senador Martí Batres, por ejemplo.

Pero, sobre todo, si la precandidatura presidencial de Ebrard, a partir de su eficacia como una especie de vicepresidente, soportará la eventual reactivación futura de acusaciones y señalamientos del pasado, más lo que pudiera acumularse en los siguientes años de poderío marcelista fuerte, pero dependiente del ánimo y las maniobras de un jefe absolutamente frío y pragmático a la hora de imponer sus decisiones.

La facción claudista queda bien servida con la secretaría general a cargo de Citlalli Hernández, quien ha ido adquiriendo fuerza y presencia políticas con rapidez. Es de preverse que tal secretaría general (es decir, el grupo de Claudia Sheinbaum) tendrá un papel muy activo en cuanto a definiciones políticas y revisión e impulso de candidaturas en 2021. Es decir: Morena sigue (dividida), la lucha (interna) vive.

Fue una iniciativa ciudadana y como tal tiene su propio valor, pero la marcha llamada con desmesura del millón no constituyó ningún esfuerzo conjunto y enjundioso de los mandos políticos del obradorismo. Por tanto, es desproporcionado pretender que la baja cuantía de esa movilización (más de 5 mil 700 personas, según cálculos del gobierno capitalino) representa la realidad aritmética del movimiento favorable a AMLO.

El propio presidente de la República llamó el pasado 7 a sus seguidores a no marchar ni movilizarse: “No se manifiesten en apoyo de nuestro gobierno, porque estamos enfrentando la pandemia y tenemos que seguir guardando la sana distancia y seguir cuidándonos (…) No hace falta, no es necesario (que hagan marchas). Ya cuando pase la pandemia, entonces vamos a regresar al Zócalo y ahí sí ya, cada mes en el Zócalo, ‘si nos dejan’, como dice la canción, los de Frena”.

Y, mientras el papa Francisco ha hecho un reconocimiento a la visión y práctica sociales desplegadas a lo largo de décadas desde el obispado de San Cristóbal de las Casas (ocupado en un lapso histórico por don Samuel Ruiz García), al nombrar como cardenal al obispo emérito Francisco Arizmendi Esquivel aunque, por sus 80 años de edad, no podrá elegir ni ser electo como papa, ¡hasta mañana!

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