Astillero

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En términos mediáticos (con censurantes televisoras gringas como punta de lanza), diplomáticos (un buen número de presidentes y jefes de Estado le han felicitado y reconocido), políticos (personajes republicanos, como George H. Bush, se han puesto de su lado), financieros (buena respuesta de los mercados de valores) y sociales, Joe Biden es ya el virtual presidente electo de Estados Unidos.

Falta ver si Donald Trump se sostiene en sus flamígeras advertencias de que recurrirá a las instancias judiciales, en denuncia de fraude electoral y, de ser así, restará saber la resolución de esos órganos de justicia. Por lo pronto, Biden se mueve ya con aires presidenciales y así es percibido. Anuncia medidas positivas internacionales (por ejemplo, la reincorporación inmediata de Estados Unidos al Acuerdo de París sobre cambio climático), afina planes sobre política migratoria (que se dice buscarían distanciarse de lo hecho e impuesto por Trump) y juega con las cartas suaves de la oratoria convencional y los tonos unitarios y no rupturistas ni estridentes como los que han distinguido durante casi cuatro años al bárbaro naranja.

Pero, a fin de cuentas, el aparato de poder, y sus correspondientes intereses, asentados en Washington, habrán de continuar vigentes y boyantes aunque sea con ropaje, estilos, etiquetas partidistas y apellidos diferentes.

Resulta reconfortante y plausible avizorar que en pocas semanas ya no esté en el poder un personaje tan deleznable como Trump, pero ello no significa que el peso político de ese pensamiento y pragmatismo políticos estén desplazados: la mitad de los estadunidenses respaldó de manera convencida el trumpismo al desnudo y la otra mitad alberga expresiones de minorías y de diversidad social, pero Biden, sus aliados (los Clinton, los Obama) y los compartidos intereses de cúpula son dominantes en general.

Una de las consecuencias de esa lectura ilusa del triunfo de Biden como hazaña justiciera se ha producido en el segmento de élite de los opositores al presidente de México. Fallidos en esfuerzos por contar con programa, bandera y liderazgo eficaces, varios antiAMLO que tienen acceso a medios han tratado de mostrarse políticamente cercanos al demócrata estadunidense (casi cómplices, con infantilismo político como el de Felipe Calderón) y se han esmerado en esparcir la versión de que el triunfo del ex vicepresidente obamista es una derrota para Andrés Manuel López Obrador y que Biden habrá de cobrar una especie de venganza política que pasaría por el apoyo a esos opositores hasta ahora tan desgüanzados en la batalla nacional.

Un punto básico de esa argumentación descansa en la visita de AMLO a Washington en julio pasado, que sin lugar a dudas ofreció réditos de propaganda electoral para Trump, bajo una previa e insistente advertencia en México de que se corría tal riesgo. Otro flanco polémico se ha producido al reservarse el gobierno mexicano la felicitación y reconocimiento al probable triunfo de Biden, hasta que las autoridades electorales del vecino país así lo dictaminen.

A juicio de este tecleador, el presidente López Obrador ha tenido que apostar por una difícil combinación de doctrina diplomática mexicana (no reconocer ni desconocer gobernantes por encima de la legalidad, que en el caso de Estados Unidos aún no se cumple), congruencia personal (AMLO ha criticado el raudo reconocimiento de presidentes de otros países ante fraudes electorales en México como el de 2006) y fijación de reglas del juego futuro entre los mandos de otros países.

Santiago Nieto Castillo, titular de la Unidad de Inteligencia Financiera, dijo a Fernan-do del Collado, en el programa Tragaluz: Lo he platicado con el Presidente. Hicimos una revisión de Pío López Obrador, no encontramos nada significativo. ¿Inocente?, insistió el entrevistador: Por lo menos no hay elementos para poder fincarle algún tipo de responsabilidad. ¡Hasta mañana, con John y Sabina en fuerte diferendo!

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Retomado: https://www.jornada.com.mx/2020/11/09/opinion/008o1pol