El Obispo Liberador

7 noviembre, 2020 OAXACA0

POR: ERNESTO REYES …..

Monseñor Arturo Lona Reyes, habría cumplido el 1 de
noviembre, 95 años de edad. Un día antes, frente al misterio del dolor y la
muerte, como describió el Arzobispo de Antequera, Pedro Vásquez, Jesucristo lo
llevó a su seno para seguir iluminando a su feligresía que sabrá recorrer, en
su ausencia física, el camino trazado por su pastor.

Su familia de fe que acompañaba al Tata, en Lagunas Oaxaca,
donde estuvo hospitalizado, presentía el fatal desenlace. En sus mejores
tiempos, no le importaba montarse en un animal de carga, un auto o recorrer a
pie localidades de los 25 mil kilómetros cuadrados que comprende la diócesis,
con cabecera en Santo Domingo Tehuantepec, para recoger los problemas y anhelos
de los fieles.

Al cumplir su ciclo vital, les dejó esta enorme tarea a los
sacerdotes, religiosas, laicos, y quienes seguían su línea de acción y
pensamiento a favor de los pobres. Promotor de la pastoral indígena, desde muy
joven, apenas el 15 de agosto, se había despedido prácticamente de la
feligresía en una celebración virtual. Estuvo muy contento, entonces. “Se fue
de este mundo, siendo istmeño, aquí quedó su semilla y corresponde a quienes se
quedaron continuar su obra”, me dice el padre Eleazar López Hernández,
oficiante en Juchitán, conocedor de su trayectoria.

Desde su posición catedralicia, el padre Obispo gestionaba
beneficios a favor de campesinos, indígenas de las ocho culturas de la
diócesis.

Ordenado sacerdote en 1952 y consagrado obispo de Tehuantepec
en 1971 por Paulo VI, después de haber servido en Huejutla, Hidalgo, donde
conocería al arzobispo de Antequera, Oaxaca, Bartolomé Carrasco, Arturo Lona se
identificó pronto con su gente, aprendió su lenguaje y conoció sus necesidades,
no solo de palabra sino de acción. Ya en el Istmo, estuvo presto a defender los
derechos de esta sociedad que adoptó como suya. Fundó el Centro Tepeyac. Les
enseñó a denunciar las injusticias y defender su dignidad, sin dejar de
promover la paz, la conciliación y la palabra del evangelio.

En Huejutla, reconocía, aprendió lo mal hablado, no en
Aguascalientes, su estado natal (1925), donde “la gente estornuda jaculatorias
y agua bendita”. Sus maestros y amigos, entre muchos otros: Samuel Ruiz, Sergio
Méndez Arceo y el jesuita, José Llaguno. Todos ellos seguidores de la opción preferencial
por los pobres.

En sus últimos años, ayudó a los padres de San Isidro
Labrador, en la colonia Cuauhtémoc cuando vivía en San Francisco La Paz.
Cosechó grandes amigos, fieles a la doctrina. Formó catequistas e impulsó la
educación, la creación de opciones económicas. Como afectaba intereses, fue
objeto de once atentados contra su integridad. Lo señalaban como el “obispo
rojo”, marxista, comunista, subversivo, reduccionista del evangelio…

También fue hostigado por eclesiásticos, como Justo Mullor y
Leonardo Sandri que lo acusaron ante el Vaticano. En 1986, a instancias del
Nuncio, Girolamo Prigione, le aplicaron una visita pastoral para constatar si
en la diócesis había desviaciones ideológicas y doctrinarias.

Lona Reyes mantuvo amistad con los gobernadores Heladio
Ramírez y Diódoro Carrasco. Este último le puso guardaespaldas, luego que la
camioneta donde viajaba recibió 11 proyectiles.

En el año 2000, cuando cumplió 75 años de edad y 29 de
servicio en Tehuantepec, presentó la renuncia al cargo, como lo marcan los
cánones eclesiásticos. Pero ya hacía algunos años tenía a un obispo coadjutor,
Felipe Padilla, presto a relevarlo. Los ricos querían desterrarlo, pero nunca
lo lograron. Como Obispo emérito se mantuvo firme durante dos décadas, hasta este
31 de octubre.

Lo saludé por última vez, en el Centro de las Artes de San
Agustín, Etla, auxiliado por Isabel De Gyves. Ya no tenía el ímpetu de aquél
diciembre de 1983, cuando en compañía de Ignacio Ramírez, nos concedió una
entrevista para la revista Proceso.

Lo recuerdo con huaraches, camiseta blanca, vaqueros azules y
en su pecho la cruz de madera del huerto de Getsemaní. Eran los días del
conflicto por la desaparición de poderes en Juchitán de Zaragoza, donde el
“Rojo” Altamirano lo amenazaba de muerte.

El Istmo era sinónimo de represión,
con pintas en su contra en las bardas. Emprendía, esa vez, un viaje a
Roma. Nos mostró un comunicado del
obispado y los agentes de pastoral en el que afirmaban que “como pastores del
pueblo de Dios nos toca estar atentos a los acontecimientos de este pueblo y
ser voz de los que no tienen voz”.

Hoy que regresan sus cenizas para quedarse definitivamente en
Tehuantepec, tierra donde quedó su madre, María Dolores Reyes Jasso, quienes lo
admiramos no podemos contener un sentimiento de tristeza y solidaridad con
quienes amaron y respetaron al obispo liberador: la voz de los que no tenían
voz.

@ernestoreyes14

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